Los niveles de deuda en las economías avanzadas son los más altos desde la II Guerra Mundial, rozando en algunos casos, como el español, el 100% del PIB. Los niveles de riqueza acumulada en pocas manos son similares (e incluso superiores) a los que tuvieron lugar en 1929, año del pistoletazo de salida de una crisis (que venía de 1914) que no se resolvió hasta 1945, tras dos guerras mundiales.
Las medidas aplicadas para salir de la crisis han servido para reforzar el poder de los mismos actores y lógicas que nos llevaron a ella, generando de nuevo, las condiciones para que vuelva a recaerse con mayor intensidad. Europa ha actuado tarde y mal, de forma contradictoria entre lo que hace el BCE y lo que receta la Comisión Europea. El dinero inyectado en la economía acaba provocando nuevas burbujas al no contar con una política fiscal que le de salida. El crecimiento de los últimos años lo ha confiado todo a la bajada del precio del petróleo a mínimos históricos, bajada que ya ha llegado a su fin y empezará a subir el precio. La vuelta a los recortes y los planes de ajuste solo pueden gripar una economía que necesita aumentar con urgencia los ingresos y no reducir los gastos.
Dicho de otra forma, la mejor forma de reducir la deuda y el déficit, pasa por contar con mayor suficiencia fiscal que impulse una inversión enfocada a construir un tejido económico más productivo. La economía de la oferta siempre antepone los beneficios de los accionistas por delante de las necesidades de las poblaciones, lo que se traduce en un secuestro de la democracia sin invertención militar.
Europa y España necesitan la misma receta: parar la desigualdad, impedir el empobrecimiento, revertir el dolor y defender la democracia. Esa es la transversalidad contra la barbarie, en favor de los derechos humanos, en defensa de una vida digna.