Un debate que manteníamos la semana pasada en Roma con Varoufakis y más compañeros y compañeras, dentro de las jornadas de Diem25, tenía que ver con la manera de articular un movimiento, un cambio a escala europea. Nadie dudaba de la necesidad de contar con mecanismos a escala continental, la discusión versaba sobre cómo hacerlo posible, sobre qué instancia, desde qué terreno se podía impulsar. Mi idea era que la escala nacional y la continental no eran incompatibles, más bien al contrario, producían sinergias. Partimos de un vacío entre cómo se viven las preocupaciones, dolores, temores y esperanzas en los distintos países y el origen de las políticas aplicadas. Vivimos a escala nacional lo que deriva de una escala europea. La gente salió el 15M a la calle por una ventana y una coyuntura propia de la agenda española, la huelga general de Francia y el movimiento NuitDebout (veremos cómo se desarrolla), responden a unos planes de ajuste y una reforma laboral aplicada en Francia.
Las razones que lo motivan, el dogma que se impone es siempre el mismo en todos los países: austeridad, recortes, debilidad de la sociedad ante el poder omnímodo del capitalismo financiero que captura la vida al completo. Pero no existe una agenda europea de movimiento a día de hoy, al no ser que pensemos que un encuentro de activistas en Frankfurt lo sea. Hubo conatos interesantes, como la coordinación contra el Plan Bolonia en las universidades europeas, o las movilizaciones globales del 15 de octubre hace años, pero los problemas de origen común se siguen viviendo y luchando a escala nacional. Las luchas toman forma en el contexto nacional, sus razones son de tipo europeo y los repertorios de acción colectiva son más globales. Es necesario avanzar hacia un sentir europeo de los problemas y las soluciones, una proyección de salida vital que indudablemente debe contar con una agenda europea, pero que también debe impulsarse desde los estados miembros de la UE. Esto no es una vuelta a la soberanía clásica, sino una reivindicación de la soberanía ejercida por la multitud (no como simple sujeto) adaptada a la coyuntura actual. Una soberanía donde se libere a Europa de la desigualdad, del discurso del odio y de la dictadura de las finanzas.
Las razones que lo motivan, el dogma que se impone es siempre el mismo en todos los países: austeridad, recortes, debilidad de la sociedad ante el poder omnímodo del capitalismo financiero que captura la vida al completo. Pero no existe una agenda europea de movimiento a día de hoy, al no ser que pensemos que un encuentro de activistas en Frankfurt lo sea. Hubo conatos interesantes, como la coordinación contra el Plan Bolonia en las universidades europeas, o las movilizaciones globales del 15 de octubre hace años, pero los problemas de origen común se siguen viviendo y luchando a escala nacional. Las luchas toman forma en el contexto nacional, sus razones son de tipo europeo y los repertorios de acción colectiva son más globales. Es necesario avanzar hacia un sentir europeo de los problemas y las soluciones, una proyección de salida vital que indudablemente debe contar con una agenda europea, pero que también debe impulsarse desde los estados miembros de la UE. Esto no es una vuelta a la soberanía clásica, sino una reivindicación de la soberanía ejercida por la multitud (no como simple sujeto) adaptada a la coyuntura actual. Una soberanía donde se libere a Europa de la desigualdad, del discurso del odio y de la dictadura de las finanzas.
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